
Hoy murió Lulú. La última vez que la vi usaba pantuflas rosas y pijama azul. Se disculpó por cómo se veía, pero se veía perfecta. Era la misma niña que había sido siempre. Se reía como si tuviera todos los años por delante.
Lulú tenía una colección de muñecas que envidiaría cualquiera de nosotros: muñecas rusas de porcelana de las que cierran los ojos cuando las acuestas, muñecas con ojos a punto de sacar una lágrima, muñecas cubanas de barro cargando fruta. Entre más de cien muñecas colocadas en vitrinas estaba colgado el cuadro de una mujer desnuda que se convertía en caballo y al mismo tiempo lo montaba.